Atrapado entre el atardecer y la casi noche, desfigurada por muchos encajes nubosos no sé si escalando o cobijando las montañas, se desató una fulminante y total tempestad, con corto circuitos inflamando el cielo de plata y en la tierra, la bendita agua surcando más vida.
El granizo amenazaba taladrar los techos, arrasando la solitud, la indiferencia, el hastío, para desentrañar la nostalgia hasta el dolor, ese sutil, que remueve desde la raíz, lo atesorado, en imágenes, aromas, sensaciones, ansias... arrebato terrible que contrasta el vacío inmenso, de no encontrar cerca alguna huella de tu compañía.
El agua se agotó y el granizo se diluye impotente, en un paisaje con matices sombríos que crecen... Y cuando la luna llena llega imponente, nívea, plena inundando con su mágica presencia esta noche... petrificado aun, asimilando la furia de la tempestad, siento entre mis huesos y sangre una ansia absoluta de tu presencia, tu encanto, ternura, de tu calidez...
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